‘ES TIEMPO DE MORIR’…

Después de infiltrarse en la escuela Robb Elementary a través de una entrada lateral abierta, Salvador Rolando Ramos, de 18 años, irrumpió en las aulas contiguas e informó a los aterrorizados estudiantes de cuarto grado que era “hora de morir”.

“Buenas noches”, dijo Ramos, antes de disparar y matar a una maestra.

Los estudiantes fueron los siguientes, según relatos de testigos. Los niños que habían estado viendo la película “Lilo & Stitch” se apresuraron a buscar escondites. La metralla caliente quemó los elegantes atuendos que algunos habían usado para una ceremonia de entrega de premios la mañana del 24 de mayo. Una niña se untó la sangre de una compañera de clase y se hizo la muerta.

El ataque duró tanto tiempo, según dijeron los testigos, que el pistolero tuvo tiempo de burlarse de sus víctimas antes de matarlas, incluso poniendo canciones que un estudiante describió a CNN como “música de quiero que la gente muera”. A medida que pasaban los minutos, los estudiantes cada vez más desesperados llamaron al 911.

A las 12:03 del mediodía –una hora más que en El Paso–, una niña llamó al 911 durante poco más de un minuto y susurró que estaba en el Salón 112, según el director del Departamento de Seguridad Pública de Texas (DPS), Steven C. McCraw.

Volvió a llamar a las 12:10 p.m. e informó que varias personas murieron, dijo, y nuevamente unos minutos más tarde, para decir que todavía había varios estudiantes vivos.

“Por favor, envíe a la Policía ahora”, le rogó la niña al despachador a las 12:43 p. m., 40 minutos después de su primera llamada.

Pasaría más tiempo antes de que las autoridades finalmente entraran y mataran a Ramos, justo antes de la 1 p.m. Para entonces, el pistolero había convertido una tarde somnolienta al final del año escolar en una masacre de 90 minutos, un ataque prolongado y empeorado por el fracaso de las medidas de seguridad y una respuesta catastróficamente lenta de las autoridades en este pueblo del Sur de Texas.

En total, 19 niños y dos maestras murieron, y otras 17 personas resultaron heridas, una cifra devastadora para una pequeña comunidad mayoritariamente hispana, muy unida, donde era común que familiares estuvieran en la misma generación en la escuela. En los días que siguieron, la angustia local se convirtió en furia cuando los funcionarios de Texas hablaron sobre la valentía de la Policía, pasando por alto los errores de las fuerzas del orden público, que tardaron días en reconocer.

Fracaso institucional

Sólo que ahora está surgiendo una cronología más confiable a través de declaraciones oficiales, registros del 911, publicaciones en redes sociales y entrevistas con sobrevivientes y testigos. Las revelaciones cuentan una historia de fracaso institucional a expensas de los niños desprotegidos. Aquí en Uvalde, hay pocas expectativas de que corregir el historial conduzca a un cambio de política real, especialmente con las hiperpartidistas elecciones de mitad de período que se avecinan.

“Quiero decir, hay protestas sobre las leyes de armas y esas cosas, verificación de antecedentes, pero no va a ninguna parte”, dijo Angel Flores, de 17 años, hablando en un hospital de San Antonio donde estaba visitando a dos familiares que fueron llevados allí después de recibir disparos en Uvalde.

“Sandy Hook pasó, ¿qué, hace 10 años?”, dijo el padre de Angel, David Flores, de 37 años, refiriéndose al tiroteo masivo de 2012 en una escuela primaria en Newtown, Connecticut. “Es lo mismo, en el camino otra vez. Nada cambia”.

Sorprenden disparos

El martes por la mañana, Dora y Bob Estrada se acomodaron para ver su telenovela favorita, “The Bold and the Beautiful”.

Mientras esperaba que comenzara, Dora escuchó dos estallidos en dirección de Robb Elementary al otro lado de la calle. Ella le dijo a su esposo que pensó que eran disparos.

“Él dijo: ‘No, eso no puede ser’”, recordó Dora. “Dije, ‘No, eso son tiros’”.

Dora estaba preocupada por su nieto, Jayden, un estudiante de segundo grado en Robb. Poco tiempo después, su hija, la madre de Jayden, llamó para advertir a sus padres que cerraran la puerta con llave; había oído hablar de una amenaza de tirador activo. Los Estrada decidieron salir y revisar la escuela y notaron “un grupo de policías en la esquina”.

“Sólo estaban parados allí”, dijo Dora.

Dado el marco de tiempo, esos primeros estallidos que Dora escuchó probablemente provinieron de los primeros disparos que Ramos hizo tan pronto como llegó a la escuela a las 11:28 hacia personas en la calle que oyeron cuando él estrelló su camioneta en una zanja y venían en su ayuda. Minutos antes le había disparado a su abuela de 66 años en la cara en su casa cercana, tomó su vehículo y condujo la corta distancia hasta Robb Elementary. La abuela sobrevivió y llamó al 911; las autoridades no han publicado el momento exacto ni el contenido de su llamada.

Cuatro versiones

Nuevos detalles han disipado relatos anteriores de un enfrentamiento entre el pistolero y un oficial de Policía escolar armado fuera de la escuela, una historia que las autoridades cambiaron cuatro veces. Primero, las autoridades dijeron que el hombre armado intercambió disparos con el oficial afuera de la escuela antes de entrar. Más tarde, McCraw dijo que hubo un encuentro, pero no se intercambiaron disparos entre los dos. El jueves, las autoridades dijeron que no hubo ningún enfrentamiento y que el pistolero simplemente entró. El viernes, McCraw agregó que el oficial de Policía de la escuela no estaba en el campus, pero llegó allí después de la llamada al 911 sobre un hombre con un arma en el lugar del accidente.

“Condujo justo al lado del sospechoso”, que estaba agazapado detrás de un vehículo en el estacionamiento, y confundió a un maestro con un intruso, dijo McCraw.

Ramos ingresó a la escuela a las 11:33 a.m. a través de una puerta trasera que debería haber estado cerrada con llave pero que estaba abierta, dijeron las autoridades. El tirador caminó hacia la parte trasera del edificio, dobló por un pasillo y comenzó a disparar contra las aulas 111 y 112, dijeron las autoridades, descargando más de 100 rondas de municiones en esos primeros momentos.

Al sonido de los disparos, los niños y el personal en otras partes del edificio comenzaron a salir de la escuela, y algunos se dirigieron por seguridad a una funeraria cercana. Otros no tuvieron tiempo de correr.

En el Salón 109, la maestra Elsa Ávila se apresuró a cerrar la puerta y apagar las luces. Les dijo a sus alumnos que se escondieran debajo de sus escritorios, recordó un sobreviviente de nueve años, Daniel, cuya madre pidió que no se usara su apellido.

Daniel vio a Ramos acercarse a la ventana de la puerta de su salón de clases y disparar a través del vidrio, alcanzando a Ávila y a otro estudiante a unos metros de él. Daniel dijo que él y otros estaban “haciéndose los muertos” dentro del salón de clases porque temían que pudiera verlos.

Las balas silbaron alrededor del salón de clases, con un fragmento golpeando la nariz de un compañero. Daniel recordó un sonido de “crujido” cuando golpeó el hueso. Bloqueado por la puerta cerrada, Ramos retrocedió por el pasillo, regresando a los salones 111 y 112, las aulas contiguas.

McCraw dijo que tres oficiales del Departamento de Policía de Uvalde fueron los primeros en ingresar a la escuela y que dos fueron heridos por Ramos en ese momento.

McCraw dijo que Ramos había cerrado con llave las puertas de los salones 111 y 112, pero reapareció brevemente en el pasillo –en un momento que McCraw no especificó, pero es probable que se dio cuando les disparó a los que estaban en el salón 109–, antes de encerrarse en la habitación contigua de nuevo.

Se escucharon disparos a las 11:37 a. m., 11:38 a. m., 11:40 a. m. y las 11:44 a. m., dijo McCraw.

Cuatro oficiales locales más, del Departamento de Policía y la Oficina del Sheriff del Condado, llegaron, según McCraw, en un momento que no dijo.

Ninguno de los oficiales intentó ingresar a las habitaciones 111 y 112 y enfrentar al atacante, dijeron las autoridades.

Como a las 12:15 p. m. McCraw dijo que “hasta 19” agentes de la ley se habían reunido en un pasillo de la escuela, incluidos los miembros del Equipo Táctico de la Patrulla Fronteriza que llegaron con escudos.

“Había muchos oficiales para hacer lo que fuera necesario”, dijo McCraw. Pero el comandante del incidente creía que se necesitaban más equipos y personas para una “brecha”, dijo McCraw, y agregó que había una sensación de que las fuerzas del orden “tenían tiempo” y no veían “ningún niño en riesgo”.

Casi exactamente a la misma hora, la estudiante de la habitación 112 volvió a llamar. Ella dijo que ocho o nueve estudiantes estaban vivos. Tres minutos después, a las 12:19 p.m., un estudiante en la habitación 111 llamó al 911 pero colgó a instancias de otro estudiante, dijo McCraw. A las 12:21 p.m., dijo, se escucharon tres disparos sobre la línea 911.

Padres desesperados

Mientras el ataque estaba en marcha, los padres desesperados comenzaron a aparecer en la escuela después de recibir alertas de tirador activo. La escena fuera del cordón policial se volvió tensa cuando las familias exigieron saber por qué los oficiales no irrumpieron en el edificio para salvar a sus hijos. El video muestra a familias angustiadas paseando, empujando el cordón, maldiciendo a los oficiales.

Dany Reyz, de 51 años, se enteró de los disparos en su taller de reparación a media milla –800 metros– de Robb, donde están inscritos su nieto y seis sobrinas y sobrinos. Inmediatamente condujo hasta allí y llegó alrededor de las 11:40 a. m., según los registros telefónicos que detallan las llamadas frenéticas que estaba haciendo mientras buscaba un lugar para estacionarse.

Cuando llegó a la escena, dijo Reyz, más de una docena de padres ya estaban apiñados cerca de la entrada de la escuela, exigiendo que los oficiales hicieran más para intervenir. En el lado Este del edificio, dijo, otro grupo de padres intentaba empujar una cerca para entrar a la escuela, pero la Policía los repelía.

Félix Rubio, de 39 años, pariente de Reyz, escuchó a padres enfurecidos decirles a los oficiales que “vayan a hacer su p—- trabajo”. Cuando las autoridades insistieron en que estaban haciendo su trabajo, dijo Rubio, un hombre les gritó que “tomen su p——rifle y manejen la situación”.

Angustia y desesperación

Los angustiados padres no podían hacer nada más que esperar, confiando en que las autoridades estaban haciendo todo lo posible para proteger a los estudiantes.

“Niños de seis años allí”, se lamentó un hombre en un video tomado fuera de la escuela ese día. “No saben cómo defenderse de un tirador”.

Cuando las autoridades declararon que el ataque había terminado, poco después de la 1 p. m., los Estrada habían encontrado al maestro de su nieto y se habían enterado de que estaba a salvo. El nieto y los sobrinos de Reyz también salieron, pero una sobrina, Eliana García, de 9 años, fue asesinada a tiros.

Algunos padres sólo se enteraron de que sus hijos estaban muertos horas después, en un centro cívico local donde se pidió a las familias que esperaran las actualizaciones y, en algunos casos, enviaran muestras de ADN para ayudar a identificar a las víctimas. Una y otra vez, dijeron los testigos, los padres fueron llevados a una habitación privada donde las autoridades dieron la noticia.

Los gritos de las familias se escuchaban desde fuera del edificio.

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