Una ola de protestas lideradas por jóvenes de la generación Z sacude países de África con reclamos de justicia social, mejor gobernanza y el fin de regímenes arraigados, evocando la posibilidad de una «primavera africana».
A lo largo del continente africano, en países tan diversos como Camerún, Madagascar, Kenia, Marruecos y Uganda, los jóvenes de la generación Z —nacidos a fines de los 90 y comienzos de los 2000— han salido en masa a las calles en el último año para exigir justicia social, mejores condiciones de vida y el fin de la corrupción y los gobiernos autrocráticos. Estas protestas, organizadas en gran medida a través de redes sociales y encabezadas por nuevos activistas sin afiliación partidaria, han llevado a algunos analistas a preguntarse si estamos siendo testigos de una “primavera africana”, en eco de las revueltas árabes de 2011.
Aunque se trata de contextos nacionales distintos, todas comparten rasgos comunes: el protagonismo de una juventud frustrada con las élites gobernantes, economías que no satisfacen sus aspiraciones y una creciente indignación ante la desigualdad.
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Madagascar: las carencias corrieron al presidente
En Madagascar, una nación insular del Índico, las protestas de la generación Z estallaron el 25 de septiembre por algo tan básico como la falta de luz y agua. Hartos de los apagones constantes y la escasez crónica de agua potable, miles de jóvenes se movilizaron primero pacíficamente en Antananarivo (la capital) y otras ciudades.
Muy pronto sus reclamos se ampliaron para abarcar la corrupción endémica, la creciente desigualdad social, la inseguridad alimentaria y finalmente llamamientos a la dimisión del presidente Andry Rajoelina. Las manifestaciones, convocadas vía Facebook y TikTok, fueron reprimidas con dureza por las fuerzas de seguridad, con un saldo de al menos 22 fallecidos según la oficina de derechos humanos de la ONU. Un asesor especial de la presidencia incluso llegó a negar en TV5Monde —la televisora global francesa— que hubiera muertos, indignando más a los manifestantes que acusaron al Gobierno de mentir.
La situación escaló rápidamente. El 12 de octubre, tras dos semanas de protestas multitudinarias, Rajoelina desapareció de la escena pública y posteriormente se informó que había abandonado el país rumbo a Dubái, haciendo escala en la isla francesa de Reunión. Bajo fuerte presión, el mandatario disolvió su gabinete y nombró a un general del Ejército como primer ministro en un aparente intento de aferrarse al poder con apoyo castrense. Pero los jóvenes contestatarios siguieron desafiando al Gobierno, rechazando los diálogos nacionales propuestos y dando ultimátums para que el presidente renuncie.
Uno de los símbolos destacados de este movimiento juvenil malgache es la imagen de “One Piece” —la calavera sobre tibias cruzadas de manga japonés— adaptada con un sombrero tradicional de Madagascar. Los manifestantes la adoptaron inspirados en protestas juveniles previas en Nepal y el sureste asiático, donde ese símbolo representó la lucha contra regímenes percibidos como corruptos. En Antananarivo era común ver banderas, pancartas y camisetas con la calavera pirata durante las marchas, junto a lemas como “Justice for Madagascar” (Justicia para Madagascar) o “Leo” —jerga local que significa “estamos hartos”—.
Detrás del enojo juvenil subyace una economía de contradicciones. Madagascar exhibe en los últimos años un auge de inversiones y riquezas visibles —nuevos rascacielos, lujosos vehículos 4×4 circulando por la capital— a la par que se descubren valiosos recursos minerales (oro, zafiros, cobalto) y agrícolas (vainilla, café). Sin embargo, dos tercios de la población malgache viven en la pobreza extrema y en promedio es más pobre hoy que hace dos décadas.
Para colmo, muchas de esas riquezas terminan en manos de corporaciones extranjeras que poco invierten localmente. La desconexión de la elite gobernante respecto a esta realidad alimentó la indignación cuando Rajoelina declaró en una entrevista televisiva que “los pobres de las zonas rurales (de Madagascar) eran felices de todas maneras”, una frase muy criticada como muestra de insensibilidad.
Otro factor que enciende pasiones en Madagascar es la histórica influencia francesa. Rajoelina, de 49 años, exalcalde y ex DJ que ya tomó el poder una vez mediante un golpe en 2009, obtuvo la ciudadanía francesa en 2014, algo que según la constitución malgache le inhabilitaría para ser candidato presidencial. Sus opositores han explotado este hecho para tacharlo de instrumento de París.
No son detalles menores en un país que aún recuerda con dolor la sangrienta represión de una insurrección anticolonial en 1947 —cuando tropas francesas mataron a hasta 100 mil malgaches— y que ahora, 65 años después de la independencia, ve con recelo cualquier injerencia del antiguo poder colonial. Durante las protestas recientes se llegaron a corear consignas pidiendo a Francia “que se lleve de vuelta” a Rajoelina antes de que huyera en un avión militar francés, responsabilizando en parte a París de la crisis política en la isla.
Si bien la dimensión poscolonial ha sido ignorada en muchos análisis, para estos jóvenes la percepción de neocolonialismo —ya sea a través de dirigentes con doble nacionalidad o de empresas extranjeras explotando recursos— es otro agravio que impulsa su lucha.

