La noche del domingo volvió a poner en evidencia una realidad que no cabe en las estadísticas. Mientras los reportes oficiales hablan de una baja en homicidios, en las calles persisten hechos que exhiben la fragilidad de la seguridad cotidiana y la facilidad con la que la violencia sigue operando.
En el fraccionamiento UrbiVilla del Cedro, ocho hombres encapuchados irrumpieron con violencia en una vivienda. No tocaron la puerta: la destrozaron. Dentro, golpearon a un hombre y se llevaron por la fuerza a otro, de 48 años, ante la mirada impotente de su familia.
Ocho. No uno ni dos. Ocho hombres desplazándose, organizados, entrando y saliendo sin que nada los detuviera. ¿Cómo se mueven? ¿Quién los ve y no los mira? ¿En qué momento la ciudad se acostumbró a que estos grupos circulen como si nada?
Minutos después, a unos kilómetros de distancia, otro acto de violencia: un hombre arrojó una bomba molotov al interior del negocio “Wings Ghost Chicken”, en Infonavit Casas Grandes. Adentro había clientes. Personas cenando, conversando, habitando la normalidad. Bastó un segundo para convertirla en incendio.
El fuego no cobró vidas, pero dejó una pregunta: ¿qué tan cerca estamos de que la tragedia sea mayor?Ambos hechos ocurrieron con diferencia de minutos.
Ambos revelan lo mismo: la fragilidad de la seguridad cotidiana. Sí, los homicidios pueden ir a la baja, pero eso no puede convertirse en consuelo. No cuando ocho sicarios pueden irrumpir en una casa y desaparecer a alguien. No cuando un ataque incendiario ocurre con personas dentro.
La violencia no siempre se mide en números. A veces se mide en puertas rotas, en huidas sin castigo, en el miedo que se instala sin pedir permiso. Y eso, también, debería alarmarnos.

