La corrupción ya no sorprende, la violencia ya no paraliza, las revelaciones ya no transforman conductas políticas ni electorales.
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La esfera pública enfrenta un fenómeno silencioso y devastador: el escándalo público dejó de producir consecuencias. La corrupción ya no sorprende, la violencia ya no paraliza, las revelaciones ya no transforman conductas políticas ni electorales. Todo se consume, todo se olvida, todo se sustituye al día siguiente por un nuevo episodio de indignación efímera. La saturación informativa terminó por erosionar la capacidad social de reacción moral. En Müdigkeitsgesellschaft (2010), Byung-Chul Han advirtió que la sobreexposición permanente de estímulos genera fatiga cognitiva y anestesia emocional, y tenía razón: México vive hoy bajo una forma de agotamiento público permanente, un país donde la indignación dura horas y la memoria colectiva, apenas días. Veamos.
Primero. La inflación del escándalo destruyó el valor del escándalo. Durante décadas, ciertos acontecimientos alteraban profundamente la estabilidad política: una matanza, un caso de corrupción, un abuso de poder o una revelación periodística bastaban para sacudir el tablero. Hoy ocurre lo contrario: la acumulación masiva de crisis terminó por vaciar de impacto a cada nueva crisis. El ciudadano promedio recibe a diario violencia, corrupción, impunidad, propaganda, confrontación y manipulación en dosis imposibles de procesar racionalmente, y el cerebro humano no fue diseñado para vivir bajo un bombardeo constante de tensión pública. En Thinking, Fast and Slow (2011), Daniel Kahneman explicó que la saturación cognitiva obliga al individuo a simplificar decisiones y a reducir la atención analítica, y eso es exactamente lo que ocurre en México: la sociedad ya no profundiza, reacciona superficialmente y continúa. La consecuencia es brutal: la gravedad objetiva de los hechos pierde relevancia frente a la velocidad emocional con la que son reemplazados. Neil Postman lo había advertido hace cuatro décadas en Amusing Ourselves to Death (1985): las sociedades mediáticas pueden terminar precisamente así, divertidas. México parece ahora indignarse hasta dejar de sentir. La tragedia se volvió paisaje, la corrupción se volvió rutina, y el abuso institucional dejó de generar ruptura moral porque la ciudadanía vive psicológicamente sobreexpuesta. El resultado es un blindaje emocional colectivo: un mecanismo defensivo, una forma de supervivencia mental ante el exceso de deterioro público.
Segundo. La polarización aceleró la muerte del escándalo.Ya no importa el hecho, sino quién lo protagoniza. La indignación dejó de ser ética y se volvió tribal. En The Righteous Mind (2012), Jonathan Haidt mostró que las personas razonan políticamente para defender identidades emocionales previas, no para descubrir la verdad. Eso ocurre todos los días: el mismo acto puede ser monstruoso o irrelevante según quién lo cometa. La lógica tribal sustituyó a la lógica republicana, y el ciudadano dejó de evaluar conductas para empezar a proteger bandos.
Las redes sociales profundizaron la distorsión. Cass Sunstein, en Republic.com (2001) y más tarde en #Republic (2017), advirtió que los entornos digitales favorecen cámaras de eco donde los individuos solo consumen información que confirma prejuicios previos.
México cayó de lleno en esa dinámica: cada escándalo se interpreta hoy como ataque político o defensa política, nunca como problema institucional. La consecuencia es devastadora: la verdad pierde centralidad, la evidencia pierde fuerza, la racionalidad pública se fragmenta. Ya no hay hechos compartidos, sino percepciones enfrentadas. Incluso las tragedias terminan absorbidas por el espectáculo, y todo se convierte en tendencia, en propaganda, en narrativa de guerra. Cuando la política se reduce a confrontación emocional permanente, la sociedad deja de reaccionar frente al deterioro real: pierde sensibilidad, capacidad de sorpresa, indignación auténtica. El escándalo deja entonces de cumplir su función democrática elemental, que es activar los mecanismos sociales de corrección y responsabilidad.
Tercero. La desaparición del escándalo produce algo aún más peligroso: la normalización de la impunidad. Cuando nada escandaliza verdaderamente, el poder aprende rápido que casi todo puede resistirse: el costo político disminuye, la memoria pública se acorta, la presión social se fragmenta y la atención colectiva dura demasiado poco. En Liquid Modernity (2000), Zygmunt Bauman describió una época marcada por vínculos frágiles y experiencias fugaces, y en México esa liquidez alcanzó también a la indignación: todo es transitorio, incluso el horror. La consecuencia institucional es enorme. Los gobiernos descubrieron que basta con administrar tiempos mediáticos —resistir unos días, esperar el siguiente ciclo informativo, dejar que la sociedad termine desplazando emocionalmente el tema—, y que el escándalo ya no genera sanción política estable, apenas desgaste momentáneo. Lo anterior explica por qué tantas crisis contemporáneas no alteran estructuras de poder ni preferencias electorales: no porque los hechos carezcan de gravedad, sino porque el ecosistema digital fragmentó la capacidad social de sostener atención prolongada. Shoshana Zuboff, en The Age of Surveillance Capitalism (2019), documentó cómo las plataformas convirtieron la atención —y la conducta misma del usuario— en mercancía extraída sin permiso. Una sociedad incapaz de concentrar atención difícilmente puede sostener exigencias democráticas profundas, y la política aprendió entonces a gobernar sobre la fatiga emocional, la saturación cognitiva y la indignación breve.
El problema ya no es únicamente la corrupción o la violencia: el problema es que el país comienza a acostumbrarse a ambas. México enfrenta así una de las crisis más silenciosas de su historia pública: la pérdida progresiva de la capacidad colectiva de escandalizarse. Y una democracia donde el escándalo deja de producir consecuencias corre el riesgo de normalizar cualquier degradación, incluso aquella que termina destruyéndola desde dentro.

