«Amarga Navidad» puede aproximarse desde la dinámica estructural, obvia, a cajas chinas: El drama de un director, Almodóvar, que hace la película de otro director, Raúl, quien intenta hacer un guion sobre una directora, Elsa, que escribe su propio guion.
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CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Elsa (Barbara Lenni), directora de cine, se refugia en el trabajo para sobrellevar el duelo de la muerte de su madre: Después de una crisis de pánico, decide tomar un descanso en la isla de Lanzarote, acompañada de su amiga Patricia (Victoria Luengo), y como ocurre en los melodramas de Pedro Almodóvar -adepto de Igmar Bergman-, sólo es cosa de que dos mujeres se den un tiempo a solas para que surjan verdades profundas y terribles:
Sobre Elsa, que vampiriza la vida de quienes la rodean para escribir sus historias; o de Patricia, incapaz de terminar su relación de abuso, porque, según la otra, necesita “comer mierda”. La reconciliación y el llanto ocurren mientras escuchan en la tele a Chavela Vargas cantar “La Llorona”.
Lo anterior no es otra cosa que el guion que intenta escribir Raúl (Leonardo Sbaraglia), vampiro también de la vida de la gente a su alrededor, quien, al igual que su personaje, sufre un bloqueo creativo.
En esta última cinta, con el título de una canción que cantara desde la entraña su querida amiga, la difunta Chavela, “Amarga Navidad” (España, 2026), Pedro Almodóvar regresa al tema culminante de su carrera que expuso en Dolor y gloria (2019), film archi premiado, el de la auto-ficción, neologismo que describe una forma de autobiografía del autor que se encarna en un personaje de ficción que resulta ser él mismo. Esta vez, el director, que vive con su amante (Qim Gutiérrez), se enfrenta al conflicto moral de hasta donde le es lícito a un creador explotar dramáticamente la vida y los secretos de quienes lo rodean.
Almodóvar nunca se repite, lo que reitera son sus obsesiones, los temas que no lo dejan, con los que necesita jugar y experimentar hasta que lo abandonen, si acaso. Raúl, el director de la ficción, se cuestiona si se ha equivocado, si le ha dado demasiada importancia a personajes menores que no la tienen. Escrúpulo que suena falso porque justo es ese talento para dilatar la imagen de individuos de lo más común lo que los hace inolvidables para el espectador. ¿Cómo va a ser menor el personaje de Elsa, directora que tiene que hacer comerciales porque sólo hizo dos películas que se volvieron de culto, y a la que la doctora del hospital, cuando se entera, le pregunta si pertenece a algún culto? ¿Y qué tal con el amante de Elsa, que es bombero de profesión y stripper los fines de semana?
Amarga Navidad puede aproximarse desde la dinámica estructural, obvia, a cajas chinas: El drama de un director, Almodóvar, que hace la película de otro director, Raúl, quien intenta hacer un guion sobre una directora, Elsa, que escribe su propio guion en el escenario del alucinante paisaje lunar ocre de Lanzarote, y que sirve de fondo para la coreografía de tres colores (rojo, verde y blanco), que el director ya maneja con una maestría comparable a la Hitchcock, otro de sus tótems.
Duelo, sexo, amistad y cine, sobre todo cine, es el tema de este meta-cine sobre sí mismo. De hecho, en Francia, donde la cultura se ha curtido en la meta-literatura, el título quedó como “Autofiction”.
Parte de la crítica reprocha la sobriedad, como nunca, en su cine, de las escenas de diálogo y enfrentamiento de sus personajes, pero Almodóvar se dice estar orgulloso de haber logrado esta forma de contención; hay que ver la cinta para apreciar el arte notable al que ha llegado en su capacidad de provocar que el espectador quede a cargo de las emociones, en vez de hacer que sus actores se desgañiten y se flagelen. La emoción está destilada en diálogos claros y contundentes, en la música, y, por encima de todo, en el cine mismo que el director de ‘Todo sobre mi madre’ adora.
En cuanto al escrúpulo sobre el vampirismo del realizador, es algo fútil, el público solo quiere historias que se sientan reales, de las que pueda sorprenderse y preguntarse de dónde las habrá sacado el narrador. La regla del juego advierte que todo parecido con la realidad es mera coincidencia. ¿Hasta dónde es sincero Almodóvar con este conflicto?

